VacÃÂo
La vacuidad nonata ha soltado los extremos del existir y no—existir. Es, por lo tanto, el mismo centro y el camino medio. La vacuidad es el camino que recorre la persona centrada.
—Tsongkhapa
Toma una pluma. QuÃÂtale la tapa y pregúntate: ¿Es esto todavÃÂa una pluma?†Si, por supuesto—aunque una sin tapa. Desenrosca la parte de arriba del cuerpo, quÃÂtale el repuesto de tinta, y vuélvelo a enroscar. ¿Es una pluma? Si, casi. ¿El repuesto es una pluma? No, es sólo el repuesto—aunque podrÃÂa funcionar como pluma, a diferencia del cuerpo vacÃÂo. Separa las dos partes del cuerpo. ¿Son cada una de ellas una pluma? No, definitivamente. De ninguna manera.
¿Qué pasa con una cosa al desarmarla? ¿Cuándo cesan (o empiezan) las componentes a ser pluma? ¿Cuando empieza a dejar de ser plátano el plátano que te estás comiendo? ¿Cuándo la masa de arcilla en el torno empieza a ser una vasija? Nombres y conceptos sugieren que hay objetos en el mundo tan bien definidos hasta el último detalle como ellos mismos. Plumas, plátanos y vasijas son cosas evidentes, instantáneamente reconocibles. Pero al examinarlas con cuidado esa certeza empieza a vacilar. Las cosas no están tan bien definidas como parecen. No están rodeadas ni separadas unas de otras por lÃÂneas. Las lÃÂneas son creadas por la mente. No hay lÃÂneas en la naturaleza.
Siéntate en un silla, cierra tus ojos y escucha atentamente a la lluvia. ¿Dónde acaba su sonido y empieza tu audición de él? ¿Dónde, si es por eso, terminan tus asentaderas y comienza la silla? Aunque conceptualmente el sonido de la lluvia es tan diferente de mi audición de él como mis asentaderas lo son de la silla, como experiencia es imposible distinguirlos en forma absoluta. La lluvia se confunde con su audición; las asentaderas se confunden con la silla.
Considera un bulbo de narciso enterrado durante todo el invierno. Cuando el tiempo empieza a ser más cálido, comienza a brotar. Si llueve suficientemente, no hiela y nadie lo pisa, una mañana exclamarás: “¡Mira! los narcisos están afuera.†Pero, ¿el brote dejó repentinamente de ser un brote y en su lugar apareció un narciso? El mismo problema: aunque un brote no es un narciso más de lo que un narciso es un brote, de alguna forma el brote llega a ser un narciso. La lÃÂnea divisoria entre brote y narciso es una distinción conceptual y lingüÃÂstica conveniente que no puede encontrarse en la naturaleza.
En este sentido, plumas, plátanos, vasijas, lluvia, audición, sillas, asentaderas, brotes y narcisos no tienen principio ni fin. No comienzan ni terminan. No nacen ni mueren. Emergen de una matriz de condiciones y a su vez forman parte de otra matriz de condiciones de lo que emerge otra cosa.
En la experiencia diaria, una cosa lleva a la otra. Me irrita algo que dijo S y termino queriendo pegarle. Me imagino ver una serpiente en el tinglado de alfarerÃÂa y me pasmo de terror. Todo lo que pasa emerge de algo que lo precedió. Todo lo que hacemos ahora pasa a ser una condición para lo que es posible más tarde.
Podemos hablar de condiciones y consecuencias como si fueran cosas, pero de más cerca resultan ser procesos, sin realidad independiente. La dureza de un comentario hiriente que nos persigue por dÃÂas no es más que un breve instante, aislado de un torrente de eventos. Sin embargo, para el ojo de la mente se destaca como algo intrÃÂnsecamente real y aparte. Este hábito de aislar cosas nos lleva a vivir en un mundo en el que los espacios entre ellas pasan a ser absolutos. La serpiente en el tinglado está realmente allÃÂ, tan bien diferenciada de la persona aterrada que la ve como de los fragmentos de cerámica descartada en los que se enrosca.
El agarrarnos a nosotros mismos y al mundo en esta forma es una condición previa para la angustia. Al considerar a las cosas como separadas en forma absoluta, asàcomo deseables o detestables en sàmismas, nos damos la tarea de poseer algo que nunca tendremos y de erradicar algo que nunca estuvo allÃÂ. El notar cómo las cosas emergen de y se desvanecen en un flujo continuo de condiciones, nos libera un poco. Reconocemos cómo las cosas son relativamente, no absolutamente, deseables o detestables. Se enlazan e interactúan, cada una contingente de las otras, ninguna intrÃÂnsecamente separada del resto.
Lo que emerge en esta forma carece de identidad intrÃÂnseca: en otras palabras, las cosas están vacÃÂas. No son tan opacas y sólidas como parecen: son transparentes y fluidas. No son tan singulares y claras como parecen: son complejas y ambiguas. No están definidas por la filosofÃÂa, ciencia y religión: son evocadas a través de un juego de alusiones, paradojas y juegos. No pueden ser apuntaladas con certeza: desencadenan perplejidad, asombro y duda.
Esto también es cierto para cada uno de nosotros. Tal y como el ceramista forma la vasija en el torno, asàconfiguro mi personalidad a partir del barro de la existencia. La vasija no existe en sàmisma: emerge de las interacciones del ceramista, el torno, la arcilla, su forma y su función (cada una de las cuales a su vez emergieron de las interacciones de sus causas y componentes, ad infinitum). No existe una vasija esencial a la que se adhieren sus atributos—del mismo modo que no hay un narciso esencial al que se adhieren el tallo, hojas, pétalos y estambre. Carecen de una identidad estampada como un número de serie en el corazón de su ser.
Asàes con cada uno de nosotros. Soy más complejo que una vasija o un narciso, pero también he emergido de causas y estoy compuesto de rasgos diversos y cambiantes. No hay un ego esencial que existe fuera de esta configuración única de procesos biológicos y culturales. Aunque intelectualmente esté de acuerdo con esto, intuitivamente puede que no sea como me siento respecto de màmismo. En todo caso, la práctica del dharma no se preocupa en probar o desmentir teorÃÂas sobre el ego, sino en entender y aflojar el agarrarse al egoÃÂsmo que restringe mi cuerpo, sentimientos y emociones, a una dura pepita de angustia.
ImagÃÂnate estar en una exposición de porcelana Ming atiborrada de gente. Alguien grita: “¡Eh! ¡Ladrón! ¡Alto!†Todos voltean y te miran. Aunque no has robado nada, la mirada furiosa de acusación y desaprobación provoca tu rubor. Estás parado y tan expuesto como si estuvieras desnudo. Tu—o más bien la pepita apretada de la angustia—dice bruscamente “¡No fui yo! lo juroÂâ€
Es como si este ego—que no es más que una configuración de contingencias pasadas y presentes—ha sido cocido en el horno de la angustia para emerger como algo fijo. Fijo pero frágil. Cuánto más precioso es para mÃÂ, más lo debo cuidar de ataques. Las circunstancias en las que me encuentro cómodo son cada vez más angostas y limitadas.
La auto–consciencia es al mismo tiempo un de los hechos más obvios y centrales de mi vida y uno de los más elusivos. Si me busco al meditar, me siento como persiguiendo mi propia sombra. Trato de alcanzarla, y no hay nada. Reaparece en otra parte. Lo vislumbro en la esquina del ojo de mi mente, volteo, y se ha ido. Cada vez que creo haberla apuntalado, resulta ser otra cosa: una sensación corporal, un humor, una percepción, un impulso o una simple consciencia de sàmismo.
No puedo encontrar mi ego señalando con mi dedo a un rasgo fÃÂsico o mental y diciendo: “Si, eso soy yoÂâ€. Porque esos rasgos van y vienen, mientras que el sentimiento de “yo†permanece constante. Pero tampoco puedo señalar con mi dedo a otra cosa que no sean estos rasgos los que—por efÃÂmeros y contingentes que sean—de todos modos me definen.
Puede que el ego no sea algo, pero tampoco es una nada. Simplemente es difÃÂcil de agarrarlo, encontrarlo. Soy quien soy no debido a un ego esencial escondido en el corazón de mi ser, sino por la matriz sin precedente e irrepetible de condiciones que me han formado. Cuanto más profundizo en el misterio de lo que soy (o el de que cualquier cosa es), más continuo avanzando. No hay punto final, sino una trayectoria infinita que evita caer en los extremos del existir o no–existir. Esta trayectoria no sólo es el centro, libre de esa dualidad, sino el propio camino central.
“La vacuidadÂâ€, dijo el filósofo tibetano Tsongkhapa en 1397, “es el camino en que se mueve la persona centradaÂâ€. La palabra que usa por camino es shul. Este término se define como “una impresiónÂâ€: la marca que queda luego de lo que la hizo pasó—una pisada, por ejemplo. En otros contextos, se usa shul para describir el hueco rugoso que queda en la tierra donde hubo una casa, el canal formado en una roca por el agua, la marca en el pasto donde durmió un animal. Todos estos son shul: la impresión de algo que estuvo aquÃÂ.
Un camino es un shul porque es la impresión creada en la tierra por las pisadas, que lo han conservado libre de obstrucciones y mantenido para el uso de otros. En cuanto a shul, la vacuidad puede ser comparada con la impresión de algo que estuvo aquÃÂ. En este caso, la impresión está formada por todas las hendiduras, marcas y cicatrices dejadas por la turbulencia del anhelo egocéntrico. Al calmarse este alboroto, experimentamos tranquilidad, alivio y libertad.
Conocer el vacÃÂo no es tan sólo entender el concepto. Es como llegar a un claro en el bosque, donde repentinamente te puedes mover con libertad y ver con lucidez. Experimentar el vacÃÂo es sentir el golpe de la ausencia de lo que normalmente determina el sentido de lo que eres y el tipo de realidad que habitas. Puede durar sólo un momento, antes de que los hábitos de toda una vida regresen y retomen el poder. Pero durante ese momento nos vemos a nosotros mismos y al mundo como abiertos y vulnerables.
Este espacio calmado, libre, abierto y sensible está en el mero centro de la práctica del dharma. Es inmediato, inminente y dinámico. Es un camino, una huella. Nos da intimidad con el punto invisible al que convergen las lÃÂneas de nuestra vida. Permite el movimiento sin obstáculos. Y nos asegura que no estamos solos: implica una deuda con los que han recorrido este camino y una responsabilidad con los que seguirán.
“Vacuidad†es un término confuso. Aunque se usa como una palabra abstracta, de ninguna manera denota una cosa o estado abstracto. No es algo que “percibimos†en un momento de introspección mÃÂstica que se “abre paso†hacia una realidad trascendente escondida debajo del mundo empÃÂrico y misteriosamente apuntalándolo. Tampoco las cosas “salen†del vacÃÂo y se “disuelven†luego en él como si fuera algún tipo de material cósmico y sin forma. Éstas son algunas de las formas en que la vacuidad ha sido utilizada como una metáfora de consuelo metafÃÂsico y religioso.
“Vacuidad†es un término escueto y poco atractivo utilizado para cortar el anhelo de tal consuelo. Sin embargo ha sido irónicamente usado al servicio de esos anhelos. Shunyata (vacÃÂo) ha sido escrito como “el VacÃÂo†por traductores que no notaron el hecho de que el término no está precedido por el artÃÂculo definido (“elÂâ€) ni ensalzado por una mayúscula, ya que ambos están ausentes en las lenguas asiáticas clásicas. De aquàhay sólo un salto a igualar vacÃÂo con nociones metafÃÂsicas como “el AbsolutoÂâ€, “la Verdad†o incluso “DiosÂâ€. La noción de vacÃÂo cae vÃÂctima del propio hábito mental que pretendÃÂa combatir.
El vacÃÂo carece tanto de una existencia intrÃÂnseca como una vasija, un plátano o un narciso. Si no hay vasijas, plátanos ni narcisos, tampoco habrÃÂa vacÃÂo. El vacÃÂo no niega que existan esas cosas; solamente describe cómo carecen de una realidad intrÃÂnseca, separada. El vacÃÂo no está separado de las experiencias diarias; tiene sentido sólo en el contexto de hacer vasijas, comer plátanos y cultivar narcisos. Una vida centrada en la percepción del vacÃÂo es simplemente una forma adecuada de ser en esta realidad cambiante, chocante, dolorosa, alegre, frustrante, asombrosa, terca y ambigua. El vacÃÂo es el camino central que conduce no fuera de la realidad sino derecho a su propio corazón. Es la huella en la que la persona centrada se mueve.
Nosotros también somos la impresión dejada por algo que estuvo aquÃÂ. Hemos sido creados, moldeados y formados por una increÃÂble matriz de contingencias que nos han precedido. Desde el ADN derivado de nuestros padres al disparo de cientos de miles de millones de neuronas en nuestro cerebro al condicionamiento histórico y cultural del siglo XX, a la educación y crianza que hemos recibido, a todas las experiencias que hemos tenido y todas las decisiones que hemos tomado: todos han conspirado para configurar la trayectoria única que culmina en el momento actual. Lo que hay aquàahora es la impresión irrepetible dejada por todo eso, que nosotros llamamos “yoÂâ€. Sin embargo es tan vÃÂvida y llamativa esta imagen que confundimos lo que es una mera impresión con algo que existe independientemente de lo que lo formó.
¿Qué somos sino la historia que continuamente repetimos, editamos, censuramos y embellecemos en nuestras cabezas? El ego no es como un héroe de pelÃÂcula, inmune a pasiones e intrigas que remolinean a su alrededor del principio al fin. El ego es más bien como los personajes complejos y ambiguos que emergen, se desarrollan y sufren a través de las páginas de una novela. No hay nada con propiedades de cosa en mi. Soy más como una narración en desarrollo.
A medida que nos damos cuenta de esto, podemos empezar a tomar más responsabilidad por el curso de nuestras vidas. En vez de agarrarnos de nuestro comportamiento habitual y rutinas como un modo de asegurar este sentimiento del ego, percibimos la libertad de crear lo que somos. En vez de asustarnos de las impresiones, empezamos a crearlas. En vez de tomarnos con demasiada seriedad, descubrimos la ironÃÂa alegre de un cuento que nunca ha sido narrado en exactamente esta manera.
“Budismo sin creencias”
por Stephen Batchelor