Archive for the ‘Textos escogidos’ Category

La historia de la humanidad

Saturday, October 28th, 2006

Alguien ya dijo que la historia de la humanidad era la historia de las migraciones y las guerras.

Pues aquí una parte, una pequeña parte, la americana (que la africana también tiene tela) en forma de cuento.

La historia se olvida tan pronto…

Este tema es uno de los que más me avergüenzan… y se habla tan facilmente…

La historia que pudo ser

Cristóbal Colón no consiguió descubrir América, porque no tenía visa y ni siquiera tenía pasaporte.

A Pedro Alvares Cabral le prohibieron desembarcar en Brasil, porque podía contagiar la viruela, el sarampión, la gripe y otras pestes desconocidas en el país.

Hernán Cortés y Francisco Pizarro se quedaron con las ganas de
conquistar México y Perú, porque carecían de permiso de trabajo.

Pedro de Alvarado rebotó en Guatemala y Pedro de Valdivia no
pudo entrar en Chile, porque no llevaban certificados policiales de
buena conducta.

Los peregrinos del Mayflower fueron devueltos a la mar, porque en las costas de Massachusetts no había cuotas abiertas de inmigración.

Eduardo Galeano, extraído del libro gratuíto online “Bocas del tiempo

Somos olvido

Sunday, October 22nd, 2006

“Tantas cosas suceden sin que nadie se entere ni las recuerde. De casi nada hay registro, los pensamientos y movimientos fugaces, los planes y los deseos, la duda secreta, las ensoñaciones, la crueldad y el insulto, las palabras dichas y oídas y luego negadas o malentendidas o tergiversadas, las promesas hechas y no tenidas en cuenta, ni siquiera por aquellos a quienes se hicieron, todo se olvida o prescribe, cuanto se hace a solas y no se anota y también casi todo lo que no es solitario sino en compañía, cuán poco va quedando de cada individuo, de qué poco hay constancia, y de ese poco que queda tanto se calla, y de lo que no se calla se recuerda después tan sólo una mínima parte, y durante poco tiempo, la memoria individual no se transmite ni interesa al que la recibe, que forja y tiene la suya propia. Todo el tiempo es inútil, cuanto acontece, cuanto entusiasma o duele en el tiempo se acusa sólo un instante, luego se pierde y es todo resbaladizo como la nieve compacta…”

Javier Marías, Mañana en la batalla piensa en mí.

Este libro realmente no lo he leído. El texto lo encontré en un disco que recomiendo desde aquí: El aroma del tiempo, de Pedro Estevan (2001), un descubrimiento reciente que encontré buscando colaboraciones de Arianna Savall, que toca el harpa en este trabajo y de la que aún podeis disfrutar el magnífico mp3 que todavía no he cambiado en el menú de la cajita de música de la derecha (en fin, un día de estos lo haré…: cambiar ya el mp3 del año). Lo mismo pongo uno de los temas de este CD en esa sección un día de estos.

Y volviendo al texto… parece deprimente, pero… la realidad suele serlo… Somos nosotros los que, con nuestra actitud, conseguimos hacer de todo algo vivible y alegre realmente. Como la portada del disco, el tiempo, la vida son como henna decorativa, frágil, efímera, fugaz en las manos de alguien…

Somos casi tan fugaces como lo que dura la importancia de un post de blog…

Ya se sabe, dentro de cien años… todos calvos. Ni rastro quedará. Pero, mientras tanto, sigamos olvidando, sigamos mintiendo, prometiendo, amando… viviendo…

J. Winterson

Sunday, July 9th, 2006

A menudo, es una cuestión de sensibilidad. Los libros que amamos dicen algo sobre nosotros, y sobre nuestros amigos. Explorar la estantería de alguien puede decirte tanto como leer su diario. El camino más rápido a la intimidad no es compartir una cama o un día de fiesta, sino compartir un libro

El oráculo es una manera de divertirse que hacemos todos nosotros, los que amamos los libros; leímos para hacer descubrimientos sobre nosotros mismos. La ficción y la poesía tienen cualidad de oráculo, leyendo las runas para nosotros que apenas sabemos que las hemos echado, interpretando las muestras que no hallaríamos de otra manera. (…) La buena escritura va más allá del tema que cuenta. La lengua es más que el significado. Las cosas que hemos leído y recordamos parecen moverse con nosotros, con nuestras vidas, mientras que conseguimos envejecer. Aumenta su valor simbólico. Este libro, ese poema, se convierten en depósitos para nuestras propias memorias que cambian, y conservan la energía de activar una respuesta en nosotros, mucho, mucho tiempo después.”.

Jeanette Winterson

A ver si os hablo más de ella…

Diez recetas para ser feliz

Saturday, July 1st, 2006

Recetas u obviedades. Ser o no ser, ya lo dijo Shakespeare más resumido…

¿Cómo podría definir en términos positivos la felicidad?

Ese concepto, abstracto hasta la médula, es imposible de ser descrito directamente. Para hacerlo tengo que dar un rodeo por su sombra. Vaya entonces la definición: “Felicidad es estar cada día menos angustiado“.

Para lo cual puedo intentar dar algunos consejos sin ser tachado de iluso.

1. Cuando dudes de actuar, siempre entre “hacer” y “no hacer” escoge hacer. Si te equivocas tendrás al menos la experiencia.

2. Escucha más a tu intuición que a tu razón. Las palabras forjan la realidad pero no la son.

3. Realiza algún sueño infantil. Por ejemplo: si querías jugar y te hicieron adulto antes de tiempo, ahorra unos 500 euros y ve a jugarlos a un casino hasta que los pierdas. Si ganas, sigue jugando. Si sigues ganando, aunque sean millones, sigue hasta que los pierdas. No se trata de ganar sino de jugar sin finalidad.

4. No hay alivio mas grande que comenzar a ser lo que se es. Desde la infancia nos endilgan destinos ajenos. No estamos en el mundo para realizar los sueños de nuestros padres, sino los propios. Si eres cantante y no abogado como tu padre, abandona la carrera de leyes y graba tu disco.

5. Hoy mismo deja de criticar tu cuerpo. Aceptalo tal cual es sin preocuparte de la mirada ajena. No te aman porque eres bella. Eres bella porque te aman.

6. Una vez por semana, enseña gratis a los otros lo poco o mucho que sabes. Lo que les das, te lo das. Lo que no les das, te lo quitas.

7. Busca todos los días en el diario una noticia positiva. Es difícil encontrarla. Pero, en medio de los acontecimientos nefastos, siempre, de manera casi imperceptible, hay una. Que se descubrió una nueva raza de pájaros; que los cometas transportan vida; que un nene cayó desde un quinto piso sin dañarse; que la hija de un presidente intento suicidarse en el océano y fue salvada por un obrero del cual se enamoró y se casaron; que los jóvenes poetas chilenos bombardearon con 300.000 poemas, desde un helicóptero, a La Moneda, donde fue eliminado Allende, etc.

8. Si tus padres abusaron de ti cuando pequeño/a, confrontate calmadamente con ellos, en un lugar neutro que no sea su territorio, desarrollando cuatro aspectos: ‘Esto es lo que me hicieron. Esto es lo que yo sentí. Esto es lo que por causa de aquello ahora sufro. Y esta es la reparación que pido’. El perdón sin reparación no sirve.

9. Aunque tengas una familia numerosa, otórgate un territorio personal donde nadie pueda entrar sin tu permiso.

10. Cesa de definirte: concédete todas las posibilidades de ser, cambia de caminos cuantas veces te sea necesario.

Alejandro Jodorowsky

Dimensiones

Saturday, June 24th, 2006

MATERIA

Convertir la palabra en la materia
donde lo que quisiéramos decir no pueda
penetrar más allá
de lo que la materia nos diría
si a ella, como un vientre,
delicado aplicásemos,
desnudo, blanco vientre,
delicado el oído para oír
el mar, el indistinto
rumor del mar, que más allá de ti,
el no nombrado amor, te engendra siempre.

José Ángel Valente

Los espejos transparentes

Tuesday, June 20th, 2006

Si alguien pudo verlo y expresarlo con estas palabras, para qué buscar otras más imprecisas…

LOS ESPEJOS TRANSPARENTES

Uno dice lo que dice, mas no dice lo que piensa.
Los espejos no reflejan: transparentan.
Todo mira fascinante de frente, pero no existe.
Todo vuelve por detrás y es lo real, invisible.
En lo que veo, no veo; en lo que no veo, creo:
en toda imagen apunta una múltiple presencia,
palpitante intermitencia del corazón: confusión;
y así me siento indeciso como un pobre hombre perdido,
como tú que ¿quién eres?, como yo que ¿quién soy?

Los espejos que me escupen hacia fuera, y hacia dentro
me proponen transparencias de distancias y silencios,
deben ser, quiero que sean, para mis obras ejemplo,
con mucha luz hacia fuera, con más secreto hacia dentro.
Juego al juego, sí, con trampa, como hay doblez en los versos.

Así se cuentan las cosas que nos pasan cada día,
y bien contadas parecen fascinantes y sin alma.
Si se piensa, nada es lo que se ve en el espejo.
La luz grande es un abismo y un estúpido misterio.

* * * * *

ALFA-2

La nueva Física nos ha enseñado que cuando dos partíbulas simples se unen, no es para formar una compleja sino para fundirse en una nueva partícula que es también simple y radicalmente distinta de cuanto antes existía. Atengámonos a ello. Evitemos las posibles resonancias humanístico-biológicas. Lo que existe es un colectivo, no una reproducción, ni una suma de partículas aisladas: El amor a todos los niveles: Un conjunto en perpetua interacción.

¿Y si todos fuera nadie?
¿Y si empeñarse en nombrar
sólo fuera complicar la claridad de marcharse?

¿Y para qué señalar
si no hay nada señalable?
¿Y si la luz sólo fuera simplemente un vaciar?

¿Y por qué tanto besarnos?
¿Y por qué tanto mordernos
si ni tú ni yo existimos en esta nada adorable?

¿Por qué explicar si no hay tiempo?
¿Por qué nombrar? No existimos.
Sólo existe hoy este aire de un veintisiete de Junio.

Pero podemos contar:
Trece, doce, once, diez.
Porque es siempre apasionante la cuenta atrás.

No somos uno en otro.
Somo nadie, nada más,
y una anónima luz, y un amor mortal.

Gabriel Celaya

Lucía

Monday, June 5th, 2006

A ver si me explico un poco. No sé si habéis leído “Todos los nombres”, de José Saramago. Trata de un hombre que trabaja en el registro civil. Todo el día ordenando fichas con superficiales y concretos datos de la gente. Pero en el fondo cree tener la vida misma de esa gente, porque tiene todos los nombres. Coleccionista de fichas y recortes de prensa de personas famosas en secreto. Un día, por casualidad, se fija en una mujer anónima con nombre, y entonces su vida anodina de funcionario gris comienza a girar en torno a una desconocida sin importancia y su vida se vuelve una aventura con sentido: encontrar a esa mujer. No os cuento el resto porque no me gusta destripar historias.

Lo menciono porque en realidad a mí lo que me llama la atención es esa Lucía que nadie conoce: la irrelevante, la que mira con ojos de niña, la que disimula sus nervios, la que lucha contra sí misma, la desconocida, la que intenta evadirse del mundo necio que no soporta, la ingenua, la imperfecta, la contradictoria, la que está en la parra, la que quiso ser madre y lo fue, y lo es, la que no escribe casi nunca, sólo intenta comprender el mundo incomprensible, la silenciosa, la que duda, la que sigue sufriendo lo justo e imprescindible… o lo injusto que se nos escapa o nos hace desangrarnos lenta e irremediablemente.

Prefiero esa foto desenfocada con Felipe en un diciembre que será frio y tendrá inevitablemente luces de navidad, que las fotos perfectas de solapa de libro o de cabecera de blog. Ahí te encuentro más aunque no busque, aunque aparentemente no tengamos mucho que ver tú y yo.

Ella se muestra como la voz, como el reclamo, como el bálsamo… lo que haga falta, es generosa –demasiado- en su egoismo, (porque el mundo no es de todos, y casi nunca del que sufre), pero me mira con esos ojos tan oscuros -que lo observan todo- y que se hacen tantas preguntas que me da la sensación por un momento de que preferiría no ser nadie… y un momento después serlo todo, triunfadora dándole dos ostias al mundo que le tocó vivir. Y yo, no sé por qué, la prefiero siendo nadie.

Y después abro el libro con su nombre y leo: Yo no soy nadie, no quiero ser nadie…

Y ya en casa, leo unos versos suyos y descubro a muchas mujeres, a muchos nadies, a mí misma, en ella:

Lo mejor de mí lo escondí en un recoveco,
tan profundo que olvidaste su existencia,

No se ve a primera vista,
a segunda ni a tercera.
No se aprecia en una cena,
no se lee en lo que escribo,
no se explica en una página.

Lo mejor de mí se descubre en las ganas tercas de seguir adelante,
en el esfuerzo diario por seguirte los pasos,

Son los cuatro millones de alfileres
guardados en el fondo del bolsillo.

Pero no necesité leer esto para saberlo. No quería realmente un libro dedicado. No quería decirte gran cosa. Sólo te dije, en voz baja, que me gustaban el equilibrio y los milagros. Me escribiste algo, pero creo que te reconozco más en tus silencios, en tus ausencias, en tu no-estar en mis espacios. Porque así es como, en ocasiones, apareces entre líneas y te entiendo.

Algún que otro milagro creo que conoces, y espero que el equilibrio no te olvide demasiado.

Todos somos nadie, hasta los famosos, que a veces sufren, y a veces se jactan, por creerse alguien o creerlos alguien. Sencillamente me cae bien esa Lucía del mundo, pero sé que en el fondo no es nadie, y eso me interesa más porque la hace más, por eso ahora leo sus poemas regalados en “Estación de infierno” y me veo a veces, y la veo a ella, no a la otra.

Una sonrisa en silencio puede mover el mundo y la gente no hace más que hablar. Tú lo sabes, que conociste infiernos.

Vacuidad

Tuesday, May 9th, 2006

Vacío

La vacuidad nonata ha soltado los extremos del existir y no—existir. Es, por lo tanto, el mismo centro y el camino medio. La vacuidad es el camino que recorre la persona centrada.
—Tsongkhapa

Toma una pluma. Quítale la tapa y pregúntate: ¿Es esto todavía una pluma?” Si, por supuesto—aunque una sin tapa. Desenrosca la parte de arriba del cuerpo, quítale el repuesto de tinta, y vuélvelo a enroscar. ¿Es una pluma? Si, casi. ¿El repuesto es una pluma? No, es sólo el repuesto—aunque podría funcionar como pluma, a diferencia del cuerpo vacío. Separa las dos partes del cuerpo. ¿Son cada una de ellas una pluma? No, definitivamente. De ninguna manera.

¿Qué pasa con una cosa al desarmarla? ¿Cuándo cesan (o empiezan) las componentes a ser pluma? ¿Cuando empieza a dejar de ser plátano el plátano que te estás comiendo? ¿Cuándo la masa de arcilla en el torno empieza a ser una vasija? Nombres y conceptos sugieren que hay objetos en el mundo tan bien definidos hasta el último detalle como ellos mismos. Plumas, plátanos y vasijas son cosas evidentes, instantáneamente reconocibles. Pero al examinarlas con cuidado esa certeza empieza a vacilar. Las cosas no están tan bien definidas como parecen. No están rodeadas ni separadas unas de otras por líneas. Las líneas son creadas por la mente. No hay líneas en la naturaleza.

Siéntate en un silla, cierra tus ojos y escucha atentamente a la lluvia. ¿Dónde acaba su sonido y empieza tu audición de él? ¿Dónde, si es por eso, terminan tus asentaderas y comienza la silla? Aunque conceptualmente el sonido de la lluvia es tan diferente de mi audición de él como mis asentaderas lo son de la silla, como experiencia es imposible distinguirlos en forma absoluta. La lluvia se confunde con su audición; las asentaderas se confunden con la silla.

Considera un bulbo de narciso enterrado durante todo el invierno. Cuando el tiempo empieza a ser más cálido, comienza a brotar. Si llueve suficientemente, no hiela y nadie lo pisa, una mañana exclamarás: “¡Mira! los narcisos están afuera.” Pero, ¿el brote dejó repentinamente de ser un brote y en su lugar apareció un narciso? El mismo problema: aunque un brote no es un narciso más de lo que un narciso es un brote, de alguna forma el brote llega a ser un narciso. La línea divisoria entre brote y narciso es una distinción conceptual y lingüística conveniente que no puede encontrarse en la naturaleza.

En este sentido, plumas, plátanos, vasijas, lluvia, audición, sillas, asentaderas, brotes y narcisos no tienen principio ni fin. No comienzan ni terminan. No nacen ni mueren. Emergen de una matriz de condiciones y a su vez forman parte de otra matriz de condiciones de lo que emerge otra cosa.

En la experiencia diaria, una cosa lleva a la otra. Me irrita algo que dijo S y termino queriendo pegarle. Me imagino ver una serpiente en el tinglado de alfarería y me pasmo de terror. Todo lo que pasa emerge de algo que lo precedió. Todo lo que hacemos ahora pasa a ser una condición para lo que es posible más tarde.

Podemos hablar de condiciones y consecuencias como si fueran cosas, pero de más cerca resultan ser procesos, sin realidad independiente. La dureza de un comentario hiriente que nos persigue por días no es más que un breve instante, aislado de un torrente de eventos. Sin embargo, para el ojo de la mente se destaca como algo intrínsecamente real y aparte. Este hábito de aislar cosas nos lleva a vivir en un mundo en el que los espacios entre ellas pasan a ser absolutos. La serpiente en el tinglado está realmente allí, tan bien diferenciada de la persona aterrada que la ve como de los fragmentos de cerámica descartada en los que se enrosca.

El agarrarnos a nosotros mismos y al mundo en esta forma es una condición previa para la angustia. Al considerar a las cosas como separadas en forma absoluta, así como deseables o detestables en sí mismas, nos damos la tarea de poseer algo que nunca tendremos y de erradicar algo que nunca estuvo allí. El notar cómo las cosas emergen de y se desvanecen en un flujo continuo de condiciones, nos libera un poco. Reconocemos cómo las cosas son relativamente, no absolutamente, deseables o detestables. Se enlazan e interactúan, cada una contingente de las otras, ninguna intrínsecamente separada del resto.

Lo que emerge en esta forma carece de identidad intrínseca: en otras palabras, las cosas están vacías. No son tan opacas y sólidas como parecen: son transparentes y fluidas. No son tan singulares y claras como parecen: son complejas y ambiguas. No están definidas por la filosofía, ciencia y religión: son evocadas a través de un juego de alusiones, paradojas y juegos. No pueden ser apuntaladas con certeza: desencadenan perplejidad, asombro y duda.

Esto también es cierto para cada uno de nosotros. Tal y como el ceramista forma la vasija en el torno, así configuro mi personalidad a partir del barro de la existencia. La vasija no existe en sí misma: emerge de las interacciones del ceramista, el torno, la arcilla, su forma y su función (cada una de las cuales a su vez emergieron de las interacciones de sus causas y componentes, ad infinitum). No existe una vasija esencial a la que se adhieren sus atributos—del mismo modo que no hay un narciso esencial al que se adhieren el tallo, hojas, pétalos y estambre. Carecen de una identidad estampada como un número de serie en el corazón de su ser.

Así es con cada uno de nosotros. Soy más complejo que una vasija o un narciso, pero también he emergido de causas y estoy compuesto de rasgos diversos y cambiantes. No hay un ego esencial que existe fuera de esta configuración única de procesos biológicos y culturales. Aunque intelectualmente esté de acuerdo con esto, intuitivamente puede que no sea como me siento respecto de mí mismo. En todo caso, la práctica del dharma no se preocupa en probar o desmentir teorías sobre el ego, sino en entender y aflojar el agarrarse al egoísmo que restringe mi cuerpo, sentimientos y emociones, a una dura pepita de angustia.
Imagínate estar en una exposición de porcelana Ming atiborrada de gente. Alguien grita: “¡Eh! ¡Ladrón! ¡Alto!” Todos voltean y te miran. Aunque no has robado nada, la mirada furiosa de acusación y desaprobación provoca tu rubor. Estás parado y tan expuesto como si estuvieras desnudo. Tu—o más bien la pepita apretada de la angustia—dice bruscamente “¡No fui yo! lo juro”
Es como si este ego—que no es más que una configuración de contingencias pasadas y presentes—ha sido cocido en el horno de la angustia para emerger como algo fijo. Fijo pero frágil. Cuánto más precioso es para mí, más lo debo cuidar de ataques. Las circunstancias en las que me encuentro cómodo son cada vez más angostas y limitadas.

La auto–consciencia es al mismo tiempo un de los hechos más obvios y centrales de mi vida y uno de los más elusivos. Si me busco al meditar, me siento como persiguiendo mi propia sombra. Trato de alcanzarla, y no hay nada. Reaparece en otra parte. Lo vislumbro en la esquina del ojo de mi mente, volteo, y se ha ido. Cada vez que creo haberla apuntalado, resulta ser otra cosa: una sensación corporal, un humor, una percepción, un impulso o una simple consciencia de sí mismo.

No puedo encontrar mi ego señalando con mi dedo a un rasgo físico o mental y diciendo: “Si, eso soy yo”. Porque esos rasgos van y vienen, mientras que el sentimiento de “yo” permanece constante. Pero tampoco puedo señalar con mi dedo a otra cosa que no sean estos rasgos los que—por efímeros y contingentes que sean—de todos modos me definen.
Puede que el ego no sea algo, pero tampoco es una nada. Simplemente es difícil de agarrarlo, encontrarlo. Soy quien soy no debido a un ego esencial escondido en el corazón de mi ser, sino por la matriz sin precedente e irrepetible de condiciones que me han formado. Cuanto más profundizo en el misterio de lo que soy (o el de que cualquier cosa es), más continuo avanzando. No hay punto final, sino una trayectoria infinita que evita caer en los extremos del existir o no–existir. Esta trayectoria no sólo es el centro, libre de esa dualidad, sino el propio camino central.

“La vacuidad”, dijo el filósofo tibetano Tsongkhapa en 1397, “es el camino en que se mueve la persona centrada”. La palabra que usa por camino es shul. Este término se define como “una impresión”: la marca que queda luego de lo que la hizo pasó—una pisada, por ejemplo. En otros contextos, se usa shul para describir el hueco rugoso que queda en la tierra donde hubo una casa, el canal formado en una roca por el agua, la marca en el pasto donde durmió un animal. Todos estos son shul: la impresión de algo que estuvo aquí.

Un camino es un shul porque es la impresión creada en la tierra por las pisadas, que lo han conservado libre de obstrucciones y mantenido para el uso de otros. En cuanto a shul, la vacuidad puede ser comparada con la impresión de algo que estuvo aquí. En este caso, la impresión está formada por todas las hendiduras, marcas y cicatrices dejadas por la turbulencia del anhelo egocéntrico. Al calmarse este alboroto, experimentamos tranquilidad, alivio y libertad.

Conocer el vacío no es tan sólo entender el concepto. Es como llegar a un claro en el bosque, donde repentinamente te puedes mover con libertad y ver con lucidez. Experimentar el vacío es sentir el golpe de la ausencia de lo que normalmente determina el sentido de lo que eres y el tipo de realidad que habitas. Puede durar sólo un momento, antes de que los hábitos de toda una vida regresen y retomen el poder. Pero durante ese momento nos vemos a nosotros mismos y al mundo como abiertos y vulnerables.

Este espacio calmado, libre, abierto y sensible está en el mero centro de la práctica del dharma. Es inmediato, inminente y dinámico. Es un camino, una huella. Nos da intimidad con el punto invisible al que convergen las líneas de nuestra vida. Permite el movimiento sin obstáculos. Y nos asegura que no estamos solos: implica una deuda con los que han recorrido este camino y una responsabilidad con los que seguirán.

“Vacuidad” es un término confuso. Aunque se usa como una palabra abstracta, de ninguna manera denota una cosa o estado abstracto. No es algo que “percibimos” en un momento de introspección mística que se “abre paso” hacia una realidad trascendente escondida debajo del mundo empírico y misteriosamente apuntalándolo. Tampoco las cosas “salen” del vacío y se “disuelven” luego en él como si fuera algún tipo de material cósmico y sin forma. Éstas son algunas de las formas en que la vacuidad ha sido utilizada como una metáfora de consuelo metafísico y religioso.
“Vacuidad” es un término escueto y poco atractivo utilizado para cortar el anhelo de tal consuelo. Sin embargo ha sido irónicamente usado al servicio de esos anhelos. Shunyata (vacío) ha sido escrito como “el Vacío” por traductores que no notaron el hecho de que el término no está precedido por el artículo definido (“el”) ni ensalzado por una mayúscula, ya que ambos están ausentes en las lenguas asiáticas clásicas. De aquí hay sólo un salto a igualar vacío con nociones metafísicas como “el Absoluto”, “la Verdad” o incluso “Dios”. La noción de vacío cae víctima del propio hábito mental que pretendía combatir.

El vacío carece tanto de una existencia intrínseca como una vasija, un plátano o un narciso. Si no hay vasijas, plátanos ni narcisos, tampoco habría vacío. El vacío no niega que existan esas cosas; solamente describe cómo carecen de una realidad intrínseca, separada. El vacío no está separado de las experiencias diarias; tiene sentido sólo en el contexto de hacer vasijas, comer plátanos y cultivar narcisos. Una vida centrada en la percepción del vacío es simplemente una forma adecuada de ser en esta realidad cambiante, chocante, dolorosa, alegre, frustrante, asombrosa, terca y ambigua. El vacío es el camino central que conduce no fuera de la realidad sino derecho a su propio corazón. Es la huella en la que la persona centrada se mueve.

Nosotros también somos la impresión dejada por algo que estuvo aquí. Hemos sido creados, moldeados y formados por una increíble matriz de contingencias que nos han precedido. Desde el ADN derivado de nuestros padres al disparo de cientos de miles de millones de neuronas en nuestro cerebro al condicionamiento histórico y cultural del siglo XX, a la educación y crianza que hemos recibido, a todas las experiencias que hemos tenido y todas las decisiones que hemos tomado: todos han conspirado para configurar la trayectoria única que culmina en el momento actual. Lo que hay aquí ahora es la impresión irrepetible dejada por todo eso, que nosotros llamamos “yo”. Sin embargo es tan vívida y llamativa esta imagen que confundimos lo que es una mera impresión con algo que existe independientemente de lo que lo formó.

¿Qué somos sino la historia que continuamente repetimos, editamos, censuramos y embellecemos en nuestras cabezas? El ego no es como un héroe de película, inmune a pasiones e intrigas que remolinean a su alrededor del principio al fin. El ego es más bien como los personajes complejos y ambiguos que emergen, se desarrollan y sufren a través de las páginas de una novela. No hay nada con propiedades de cosa en mi. Soy más como una narración en desarrollo.

A medida que nos damos cuenta de esto, podemos empezar a tomar más responsabilidad por el curso de nuestras vidas. En vez de agarrarnos de nuestro comportamiento habitual y rutinas como un modo de asegurar este sentimiento del ego, percibimos la libertad de crear lo que somos. En vez de asustarnos de las impresiones, empezamos a crearlas. En vez de tomarnos con demasiada seriedad, descubrimos la ironía alegre de un cuento que nunca ha sido narrado en exactamente esta manera.

“Budismo sin creencias”
por Stephen Batchelor

Eduardo Galeano, los hijos de la nube, fuegos y desiertos

Tuesday, April 11th, 2006

A ver, que me enrollo. La cosa es que Eduardo Galeano ha vuelto del Festival de Cine del Sáhara, donde ha ganado una película documental que tengo muchas ganas de ver desde hace tiempo y no sé si la encontraré: “La historia del camello que llora“. Y ya que este documental es como una fábula, he escogido este cuento de Galeano que me gusta mucho…

El mundo

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.

No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Eduardo Galeano se hacía también ayer una reflexión al hilo saharaui que yo me hago con frecuencia: ¿cómo es posible que se hagan ciertas barbaridades tan impunemente? ¿Cómo es posible que se roben países?

¿Quién no ha leído este libro?

Friday, April 7th, 2006

- Buenos días – dijo el principito.

- Buenos días – dijo el vendedor.

Era un vendedor de píldoras perfeccionadas, de las que apagan la sed. Tomando una a la semana, ya no se siente la necesidad de beber.

- ¿Por qué vendes esto? – dijo el principito.

- Supone una gran economía de tiempo – dijo el vendedor -. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos a la semana.

- Y ¿qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?

- Se hace lo que se quiere…

“Yo -se dijo el principito-, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, andaría despacito hacia una fuente…”

No es un libro para niños… o como dijo su autor, en realidad es un libro para los niños que algún día fuimos.”


Una soledad entre miles

Quien quiera ver el archivo original puede verlo aquí.

El pozo de la soledad

Wednesday, April 5th, 2006

De modo que en La Quinta vivía ahora gente muy distinta, una gente mucho más adecuada al gusto del condado: el almirante Carson y su esposa, una dama de mejillas coloradas como una manzana que no habiendo tenido hijos se entregaba en cuerpo y alma al auxilio de los huérfanos. Y a veces Stephen se veía abligada a ir de visita a La Quinta acompañando a Anna, que había trabado gran amistad con los Carson. Muy seria y distante se había tornado Stephen; demasiado reservada y segura de sí misma, opinaban los vecinos. Lo atribuían a que el éxito se le había subido a la cabeza, sin imaginar ninguno de ellos la paralizante timidez que convertía toda relación social en un suplicio. La vida ya le había enseñado a Stephen una cosa, y es que los seres humanos no deben sospechar jamás que una criatura les teme, porque entonces se ensañan; el miedo individual actúa de estímulo sobre la colectividad, pues en ella pervive el ancestral instinto de la caza, y siempre vale más enfrentarse a un mundo hostil que volverle la espalda, aunque sea un instante.”

El pozo de la soledad
Radclyffe Hall
Ed. Ultramar

La noche de San Lorenzo

Wednesday, August 17th, 2005

Un texto escogido, muy escogido:

En algún lugar escuché que la vida te sorprende… si la dejas, es cierto. Yo soy afortunada, me sé afortunada, porque, de vez en cuando, sin necesidad de ser San Lorenzo, me nacen estrellas en mi pequeño gran firmamento y la noche es brillante, y, en ella, os siento titilar…

C.V.

Gracias.
B.O. & L.B.

Las palabras

Friday, June 24th, 2005

“Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito … Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvosÂ… Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.”

Pablo Neruda, “Confieso que he vivido”
Ed. Plaza & Janés

Sólo una recomendación, con muchas historias dentro.

El mismo mar de todos los veranos

Thursday, June 9th, 2005

y los muslos de Clara que se levantan hacia el vacío, también buscándome, porque yo sigo con mi boca sobre ella, mis manos inmovilizándola, mi cuerpo todavía distante -despacio, Clara, despacio, pronto llegará el alba-, y los flancos de Clara arqueados de un modo tan violento y contorsionado, tan pálidos y flacos a la luz de las llamas, evocan imágenes sombrías de terribles torturas ancestrales, y ahora sí deslizo mi cuerpo sobre el suyo, y dejo que me aferren frenéticas sus piernas -despacio, Clara, despacio, amor, despacio-, y mi mano va abriendo suavemente el estrecho camino entre su carne y mí carne, entre nuestros dos vientres confundidos, hasta llegar al húmedo pozo entre las piernas, unas fauces babeantes que devoran y vomitan todos los ensueños, y yo me hundo en él como en la boca de una fiera, arrastrada en las ondas de un torbellino en que naufrago, y crece el vaivén de nuestros cuerpos enlazados y el roce de mi mano entre sus muslos, y el gemido de Clara es de pronto como el aullido de una loba blanca degollada o violada con las primeras luces del alba -pero no hay temblores locos esta vez, no hay gemidos entrecortados, porque el placer brota, seguro y sin histerias, de lo más hondo de nosotras y asciende lento en un oleaje magnífico de olas espumosas y largas-, y después Clara yace a mi lado, desmadejada como un muñeco de estopa, jadeante todavía, pero relajada al fin, recuperada finalmente su sombra o liberada para siempre de la caterva de los niños perdidos.

No me pregunta ¿y tú?, ¿estás bien?, ¿te ha gustado a ti? Qué maravilla, Clara no pregunta nada, ni tan siquiera dice que me quiere, queda ronroneante y desmadejada -los ojos cerrados y fugitiva en los labios una sonrisa a lo Gioconda-, hasta es posible que esté medio dormida, porque no hace ningún gesto cuando me levanto, sigue tumbada quieta entre almohadones y mantas, ante las ascuas, igual que un gatito satisfecho que hubiera encontrado por fin su sitio en el hogar (…)

(Â…) estamos repentinamente al otro lado -mucho más allá- del miedo y la vergüenza, y es evidente y claro que en cualquier instante yo tendré que morir, porque la ternura me ha traspasado como cien alfileres de diamante, la ternura me ha pisoteado y arrollado a su paso como el más terrible de los ejércitos en marcha, y me voy deshaciendo, disolviendo, desangrando en palabras, tan dulcemente muerta que ya casi no puedo con el peso de Clara -que no pesa nada-, y menos mal que hemos llegado juntas a las dos camas gemelas y la deposito allí y le deslizo una almohada bajo la cabeza (Â…) y la cubro con la sábana y la manta de pieles -hace frío con la ventana abierta, y yo quiero mantener abierta la ventana porque la habitación olía a cerrado, y porque es imprescindible que oigamos el mar y el viento entre los cañaverales y el pitido del tren al adentrarse en el primer túnel de la mañana-, y ahora le pido quedo que no despierte, que se duerma, y me tumbo a su lado, a sus espaldas, y ella despega por fin los labios y gime “Elia no te vayas” y sé que podré repetir un millón de veces el mismo recorrido suave de su cuerpo con mis manos, susurrar interminablemente las mismas palabras tontas en su nuca tibia, escucharla dormir plácida y a trechos suspirante, mientras espero la muerte con el alba.”

Esther Tusquets
“El mismo mar de todos los veranos”
Ed. Castalia (única con notas de la autora)