HacÃÂa tiempo que no tomaba el metro para ir a algún sitio. La tienda en la que vendÃÂan el ministep está a 10 minutos en coche desde mi casa (por cierto al ladito mismo del lugar donde trabajo). La aventura es ir en transporte público.
Me dije: voy andando hasta el metro, que es más rápido, y asÃÂ, de paso, ando un poquito. El metro está a 20 minutos de mi casa. 20 minutos en que casi se me caen las orejas del frÃÂo que hacÃÂa a las cinco de la tarde, a pesar de ir bien abrigada.
Primer error: “asÃÂ, de paso, ando un poquito”… y la cara pelada.
Al llegar al metro resulta que es más caro que el autobus. Aunque sea poco, eso me jode. Y encima me doy cuenta de que para ir a un sitio que está a lado de mi casa tengo que hacer dos trasbordos. Bueno, he de decir que yendo en bus tendrÃÂa que haber cogido lo menos tres.
Bueno, al grano, que después de hora y media llegué a mi destino. Para que luego te digan que uses el transporte público.
Allàestaba mi chisme, en la tienda, por fin. Lo agarro y…. pesa un demonio!!! Segundo error: yo sin coche.
Bien, no voy a enrollarme sobre cómo llegué finalmente a casa, baldadita y con mi chisme en brazos (y no volvàen ningún transporte público).
El motivo de mi post es… “que curiosa tarde eché en el metro”. Una pesadez de tarde se convirtió en una hermosa excursión.
Ya no recordaba mis tiempos de estudiante en que me movÃÂa cada dÃÂa en el tubo de Madrid. Tal vez la mayorÃÂa de la gente que lo hace habitualmente no se percata de la interesante excursión que resulta observar a la gente en el metro.
Miles de caras, de historias. Un universo: parejas de niñatos que se comen el mundo; un emigrante que dice mucho de sàcon esos zapatos de chúpamelapuntera para bailar salsa aunque vaya vestido de humilde trabajador; la hippy con chirucas y canas sentada en el suelo del vagón leyendo un libro con una estampita de la virgen por marcapáginas; la estudiante con libro de autoescuela mil años en la misma página, vestida de negro y escuchando a todo trapo a Evanescence; el adormilado obrero con el nombre de una chica tatuado en los nudillos… y otras mil historias más.
Ya no recordaba lo interesante que resulta esa excursión. En uno de los trasbordos comienza a resonar música en vivo. Un guitarrista tuerto o cÃÂclope llena de luz todas nuestras vidas subterraneas, suspendidas, y ese viaje me parece una pelÃÂcula con banda sonora original.
Me encanta ver gente de todos los colores. He visto hasta un hindú sij con turbante, una pareja de chicas besándose, y lo más gracioso: unos hombres mayores, con aspecto de estar en rehabilitación antialcohólica, voceando desde una puerta del tren, con mucha gracia y sin maldad: “!Vivan los novios!” a una pareja que se besaba apasionadamente en un banco del andén. Todo el vagón y los protagonistas se han unido en una sonrisa espontánea.
La verdad es que ha sido una tarde agradable, una pequeña excursión mágica. Es lo que se pierde, nos perdemos, los que usamos el coche para todo. Aunque tal vez si cogiera el metro todos los dÃÂas dejarÃÂa de ver muchas cosas. Los unos por cogerlo mucho y los otros por no cogerlo nunca, se pierden mil momentos hermosos de la vida corriente, monótona, aburrida, insufrible, vacÃÂa… que muchos creen vivir.
A ver si el lunes me dan por fin el coche, juas: la ocurrencia no ha sido tan terrible y me ha hecho ver cosas que hacÃÂa tiempo que no disfrutaba. Cogeré el metro para viajar de vez en cuando y alegrarme los sentidos. ¿Has mirado alguna vez lo que te rodea?